lunes, 4 de junio de 2018

THERION EN SAN LUIS POTOSÍ





Domingo 3 de junio de 2018
Teatro de la Ciudad, Parque Tangamanga I
San Luis Potosí, S.L.P.


Una tarde soleada es un preludio perfecto para recibir a la Gran Bestia. La temperatura es agradable y el Teatro de la Ciudad —rodeado de árboles y techado con la frescura de un cielo azul-cada-vez-más-negro-y-estrellado— ofrece un entorno inmejorable para que retumbe la música. Los asistentes se pasean frente al escenario, impacientes, bebiendo cerveza para hacer más corto el tiempo. Algunos visitan el stand de mercancía en busca de playeras conmemorativas, portagafetes, vasos. Otros esperan sentados, observando sus teléfonos, pendientes del reloj. El ambiente es festivo, amable. La convivencia, pacífica. El itinerario, puntual.

Ingresamos al recinto en riguroso orden a las 18:30 hrs. tal y como estaba anunciado. Y con esa misma precisión, en punto de las 20:30 hrs. y con las primeras estrellas centelleando tímidamente, aparece en escena la banda abridora. The Devil no suenan precisamente como demonios, o al menos no en el sentido maligno del término, pero sí que elevan un halo de misticismo dramático con su metal instrumental. Salvo algunos observadores despistados, la mayoría de la gente se acerca a contemplar el espectáculo: máscaras teatrales, samples de diálogos apocalípticos, proyecciones de imágenes con fuerte contenido político. El concepto de The Devil definitivamente no es una improvisación: todos los elementos se organizan en una danza guitarrística de melodías suficientemente imaginativas para mantener la atención sin saturar a la audiencia. Tan estudiada se nota la estrategia de la banda, que ni siquiera ceden a la tentación de atiborrar las canciones de solos. Toda la fuerza de estos demonios se encuentra en su gancho melódico, el uso calculado de secuencias y su habilidad para aterrizar el elemento místico en una experiencia terrenal, sensorial, casi lasciva. Hay que ver, si no, al guitarrista líder, cuyos movimientos sensuales parecen ser una rara extensión del sonido, un necesario rito de materialización de lo etéreo, más que un ridículo baile sin propósito. Los demás instrumentistas así lo entienden y se unen a la danza. El público asimila la intención y celebra la propuesta. Transcurridos 45 minutos, el acto termina sin una sola palabra, pero haciendo gala de un mensaje intenso y penetrante.

Son las 21:30 hrs. y en este punto de la noche el cielo alcanza un negro profundo. Los árboles que circundan el Teatro alargan sus figuras enigmáticas, distorsionadas por el efecto de las luces que se disparan desde el escenario. Entonces entran los primeros acordes: "Theme of Antichrist" hace el primer despliegue de los excesos que están por venir —incluido, por cierto, el exceso de teléfonos celulares tomando malas fotos y peores videos; aún me falta terminar de comprender tan curioso fenómeno, pero en fin—. El Therion de Christofer Johnsson es una bestia rigurosa en su voracidad y severa en su manifestación —¿y qué monstruo apocalíptico no lo es?—. Sus cuatro gargantas exigen una producción compleja: cristalina para su lucimiento y silvestre para su proclamación. Y así es: probablemente el elemento más cuidado de toda la noche son las voces; hasta los vericuetos instrumentales de Johnsson y compañía parecen mantenerse circunspectos, como si quisieran disimular su propia fuerza —cosa que, por supuesto, no logran— para elevar la experiencia del juego vocal. Por fortuna, Johnsson es un estratega probado, y sus tácticas de dirección le permiten mantener el control de su monstruo en todo momento, aún cuando las ejecute desde un aparente segundo plano. Por eso esta noche lo que más destaca es la configuración operística utilizada en "Beloved Antichrist", con una banda expresiva, explosiva y coreografiada a partes iguales, como en la majestuosa "Temple of New Jerusalem" —¡diablos, sí que lo construimos!—. Y es que a más de cuatrocientos años de la invención de la ópera —la historia le atribuye al "Orfeo" de Claudio Monteverdi (1607) el mote de fundadora del género, a pesar de que existen algunos antecedentes a finales del siglo XVI— hay que valorar el atrevimiento de que alguien componga en este formato en pleno 2018, pues a ratos parece que, efectivamente, nos encontramos frente a una ópera a la usanza. Tanto, que hasta se echa en falta el uso del italiano o el alemán para subrayar ciertos diálogos entre los intérpretes. Tanto, que hasta canciones tan directas como las del "Gothic Kabbalah" se ven contagiadas por el ánimo teatral.

Por supuesto, siempre hay ocasión para visitar antiguas caras de la bestia, y en esta ocasión el público parece recibir con especial afecto ciertos números clave, como las laberínticas "Nifelheim" y "Ginnungagap", del "Secret of the Runes"; o la clásica "Cults of the Shadow", con su galopante línea de bajo.

Ya pasa de las 23:00 hrs. y el show está por concluir. Unas breves palabras de la banda, que expresan su fascinación por el recinto —"la primera vez con una alberca frente al escenario"— y el gusto por celebrar una de las giras más extensas por este continente. El público conserva su entusiasmo casi intacto y se sigue aferrando a sus clásicos, por eso el encore trepa, vociferante, con "The Rise of Sodom and Gomorrah". Luego, Johnsson reta a la audiencia: "Do you have any huevos here?" La mayoría lo entiende como un chiste bobo para calentar (sí, más) los ánimos antes de la obligada "To Mega Therion", pero algún aventurero no comprende la intención y se entrega a la torpe espontaneidad: a media canción, el muy granuja se las ingenia para llegar hasta el escenario —celular en mano— y tomarse la selfie más envidiada —y reprobada— de la noche. Por supuesto, el entusiasta joven es inmediatamente convidado a bajar de las tablas y encaminarse directito a la ching... o que diga, a la salida, aunque con toda seguridad se fue más que satisfecho en su impertinencia.

Dos horas de concierto. La noche sigue oscura, pero el Señor del Sol es invocado desde la sombra en un segundo y apropiado encore: "Quetzalcóatl", con su promesa del retorno, es lo último que escuchamos del monstruo. Son las 23:30 hrs. y el espectáculo ha terminado: montamos la bestia del éxtasis y sí, portamos la marca de la victoria. Y el efecto ha sido tan cautivador que apenas ahora me surge una sentida queja: ¿por qué carajos no tocaron nada de "Les Fleurs du Mal"?

Un conciertazo.

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